La conquista de la región de Oaxaca se realizó en forma relativamente pacífica, debido a las alianzas de los indígenas con los españoles que buscaban derrotar a los aztecas, su grupo opresor.
En 1529 se constituyó el marquesado del valle de Oaxaca, otorgado a Hernán Cortés. Para proteger sus dominios de los colonizadores hispanos, Cortés otorgó la categoría de ciudad al antiguo emplazamiento de las huestes aztecas que había en el lugar, denominado en náhuatl Huaxyácac.
Oaxaca, llamada en el periodo colonial Antequera, estuvo poblada por los mismos grupos indígenas que habitaban el valle: zapotecos, mixtecos y nahuas, quienes mantuvieron su identidad cristalizada ante el nuevo orden de vida al que estaban siendo sometidos.
El 25 de abril de 1532, la Corona española reconoció oficialmente a la ciudad de Oaxaca, que adquirió en muy poco tiempo una gran importancia por su ubicación estratégica entre las ciudades de Puebla y Guatemala.
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 | Encomendero y fraile dominico en un códice oaxaqueño. |
| © INAH |
La evangelización fue obra de los frailes dominicos, quienes llegaron a la región en 1529. Esto dio como resultado un sincretismo religioso entre las creencias y costumbres prehispánicas y las católicas. La idea de otra vida en el más allá encontró cabida en las tradiciones indígenas, aunque modificada conceptualmente.
A partir del siglo XVI, las fuentes escritas han proporcionado importantes datos sobre las tradiciones funerarias de los antiguos mexicanos, así como sus creencias acerca de la muerte.
Los cuerpos que se enterraban pertenecían a aquellos que habían tenido una muerte sagrada. Este era el caso de los que, elegidos por el dios de la lluvia, el señor Tláloc, habían perecido por alguna enfermedad de tipo acuático (gota, lepra, reumatismo), o ahogados o fulminados por un rayo. Ellos iban al Tlalocan, el lugar de la fertilidad y la abundancia, a disfrutar de una vida de gozo. El Chichihualcuauhco era el sitio celeste donde se hallaba un árbol con frutos de senos femeninos que alimentaba a los niños que morían sin haber sido destetados. Esos infantes eran enterrados frente a la troje de la casa.
Los guerreros muertos en batalla y las mujeres que perdieron la vida en el primer parto servían al Sol. Cada mañana los guerreros lo recibían y acompañaban en su camino al cenit, después era entregado a las mujeres muertas en parto que llevaban al sol por el cielo hasta el ocaso, donde pasaba al inframundo. A los cuatro años de esta forma de existencia, esos seres se transformaban en colibrí o mariposa.
Otra forma de tratar los cadáveres fue la cremación, a la que estaban expuestos los muertos por enfermedad o los que morían por causas naturales y no habían sido elegidos por los dioses.
La cremación se llevaba a cabo a los cuatro días del fallecimiento; después, el muerto iniciaba un arriesgado viaje de cuatro años al Mictlán, localizado en la novena capa debajo de la tierra, en el extremo del mundo subterráneo. Al final del viaje, cruzaba un río con la ayuda del perro acompañante y se presentaba ante Mictlantecuhtli, el señor del inframundo. Según algunas fuentes, estas entidades anímicas cumplían con acompañar al sol en su recorrido nocturno por debajo de la tierra.
Junto a todos los cadáveres se depositaban comida, bebida, objetos de uso cotidiano y ritual así como un perro sacrificado. Los objetos eran ofrecidos al muerto por los deudos para ayudarlo en el trance al que estaba expuesto después de la muerte corporal. Los antiguos mexicanos creían que todas las cosas que nos rodean tenían una esencia, y esa parte imperceptible era la que mantenía la vitalidad del corazón del difunto.
En el calendario mexica o azteca había dos meses dedicados a las festividades de los muertos. El primero era el noveno mes o fiesta de los muertecitos. El otro, décimo mes, se dedicaba a los muertos grandes o gran fiesta de los difuntos, fecha en la que se sacrificaba a muchos hombres en un ambiente de gran solemnidad. Sólo en esas celebraciones los muertos volvían a la tierra y recuperaban sus necesidades vitales, por lo que era necesario ofrecerles provisiones.
La introducción del catolicismo cambió el rumbo del alma inmortal de los difuntos por dos destinos: el cielo y el infierno. Esto trajo consigo una valoración diferente de la muerte, ya que entonces lo más importante era el modo en que se había vivido. El terror a morir y al infierno, fueron elementos básicos de la nueva religión que impuso estos vestigios de la doctrina medieval.
Así como los frailes trajeron al nuevo mundo el horror por morir sin ganar el cielo, los soldados y civiles mantuvieron la costumbre del baile, la música y los cohetes en los entierros de los niños que, de acuerdo a su visión, iban directamente al cielo porque no habían cometido pecado. Hasta nuestros días a los "angelitos" se les despide con alegría y a los adultos se les guarda "duelo".
La fusión de rasgos culturales indígenas y españoles dio origen a un nuevo culto y a nuevas ceremonias mortuorias, en las que la iglesia conmemoraba a todos los que estaban en el camino de la salvación. Este proceso de sincretismo dio origen a lo que hoy conocemos como las festividades de los días de muertos.